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Picaporte para entrar a Nadie escapa a Elizabeth Taylor

IMG_6675Elizabeth Taylor incendia su carrera.
Años acumulando lípidos.
Muffins, barbacoas, brandys, huevos revueltos, hamburguesas y tocino arden en sus tripas.
Alcanzan por fin la deseada combustión humana espontánea.
Un fenómeno envuelto en otro.
Lanzada por las laderas de Hollywood, la reina arrasa.
Es el fin del séptimo arte.
La última y gran toma de Elizabeth.
Richard Bourbon, su compañero de juergas y batallas,
todas las tardes la visita junto a un Juez de Paz.
En un eterno Prometeo con demasiado make-up, contraen nupcias;
y antes que la última estrella se apague,
un ejército de Abogados los divorcia sin piedad.
Sus desconsolados asistentes, convertidos en escualos,
la rodean en la enorme danza del AZT.
La silla de ruedas no impide que Elizabeth se lance al océano de su cruzada
en la lucha contra el sida.
Miles de tiburones acuden enfermos.
Del cuello salvador de nuestra musa
se desprende un magnífico rosario colmado con efavirenza, antivirales, besugos y esmeraldas.
Devoran las bestias.
La eucarstía sucede mar adentro.
El agua turquesa del océano,
es el llanto de una actriz con los ojos más tristes del mundo.
Carla Agüero, su más comprometida admiradora -un ama de casa sin una puta esmeralda-
suplanta a la cansada Elizabeth en las películas.
Conoce al dedillo los diálogos, sus mohines.
Entre broches de ropa los ha recitado toda su vida.
Ha nacido para el reemplazo, la sustitución.
Pero la sutura es visible.
Una nueva categoría inunda las carteleras:
son los nuevos films obesos.
El celuloide excedido en copias apócrifas.
Es el reino de las cinturas estalladas.
De los alfileres de gancho soportando vestidos, y desmayando diseñadores.
Agüero devora la Paramount, la Metro y cuanto Estudio se le cruce.
Mientras tanto, aquí, en Boedo,
de batón y ruleros, Elizabeth Taylor
aplasta milanesas a la hora de la cena.
¿Quién le teme a Virgina Luque?