BIBLIOGRAFÍA

I. BIBLIOTECA TAYLOR
Capote, Truman. Retratos. Editorial Anagrama. Barcelona, 2000.

Maddox, Brenda. Who´s afraid of Elizabeth Taylor? First Jove/HBJ Edition. Nueva York, 1978.

Mann, William J. How to be a movie star. Elizabeth Taylor in Hollywood. Houghton Miffin Harcout Books. New York, 2009.

Sicilia, Inma. Elizabeth Taylor de la A a la Z. Ediciones Jaguar. Madrid, 2005.

Taylor, Elizabeth. Elizabeth cambia el rumbo. Editorial Planeta. Barcelona, 1988.

Taylor, Elizabeth. My love affair with jewelry. Simon & Schuster. New York, 2002.

Williams, Tennessee. Memorias. Ediciones B. Barcelona, 2008.

II. TEXTOS OPORTUNOS

Argullol, Rafael. El fin del mundo como obra de arte. Editorial Acantilado. Barcelona, 1991.

Bignozzi, Juana. La ley tu ley. Adriana Hidalgo Editora. Buenos Aires, 2000.

Collins, Joan. La hora del éxito. Editorial Emecé. Buenos Aires, 1988.

Dickens, Charles. La casa desolada. Editorial Valdemar. Madrid, 2012.

Fernandez, Macedonio. Manera de una psique sin cuerpo. Editorial Tusquets, Madrid, 2004.

Lemebel, Pedro. Loco afán. Editorial Anagrama. Barcelona, 1996.

Montaigne, Michel Eyquen de. De la vanidad. Libros del zorzal. Buenos Aires, 2006.

Perciavalle, Carlos. Gasalla, Carlos. Yo no… ¿y ud? Sello Trova. Buenos Aires, 1971.

Poe, Edgar Allan. Cuentos Completos. Editorial Alianza. Madrid,1997.

Hackett, Pat. The Andy Warhol diaries. Warner Books, New York, 1989.

Whilhelm, Richard. I ching. El libro de las mutaciones. Editorial Sudamericana. Buenos Aires, 2008.

ELIZABETH CAMBIA EL RUMBO

Elizabeth Taylor. Editorial Planeta. Barcelona, 1988

MY LOVE AFFAIR WITH JEWELRY

Elizabeth Taylor. Simon & Schuster. New York, 2002

ELIZABETH TAYLOR de la A a la Z

Inma Sicilia. Ediciones Jaguar. Madrid, 2005

HOW TO BE A MOVIE STAR. Elizabeth Taylor in Hollywood

William J. Mann. Houghton Mifflin Harcourt Books. New York, 2009

RETRATOS

Truman Capote. Editorial Anagrama. Barcelona, 2000

“Sus piernas resultan demasiado cortas para su torso

y la cabeza es excesivamente voluminosa para el conjunto.

Pero su cara, con esos ojos de color lila, es el sueño de un presidiario,

el rostro ansiado por cualquier secretaria: irreal e inalcanzable,

y al mismo tiempo tímida,

excesivamente vulnerable

y muy humana,

con un leve brillo de suspicacia resplandeciendo en el fondo de aquellos ojos color lila”.

capote

MEMORIAS

Tennessee Williams. Ediciones B, para Bruguera. Barcelona, 2008

THE ANDY WARHOL DIARIES

“Comprendo perfectamente que algunas personas la detesten.

Se da demasiados aires,

sabe que es la estrella de las estrellas.

Se comporta como una emperatriz,

pero al mismo tiempo puede ser de lo más vulgar.

Sabe actuar, pero no es una actriz de primer orden.

Transmite una gran vitalidad,

y su punto fuerte son los primeros planos.

Lo más destacado de su físico es el colorido:

los ojos violetas, el pelo negro y ese maravilloso cutis.

Es la última gran estrella de Hollywood,

pero no precisamente en su profesión,

sino interpretando el papel de Elizabeth Taylor”

ANDY WARHOL en “El baile del siglo”, 1971

“Es un gran ombligo. Una gorda e hinchada muñecona”.

A.W. en el cumpleaños número 46 de E.T. en Studio 54.

EL TONEL DE AMONTILLADO

The cask of amontillado

 Edgar Allan Poe

Había yo soportado hasta donde me era posible las mil ofensas de que Fortunato me hacía objeto, pero cuando se atrevió a insultarme juré que me vengaría.

Vosotros, sin embargo, que conocéis harto bien mi alma, no pensaréis que proferí amenaza alguna. Me vengaría a la larga; esto quedaba definitivamente decidido, pero, por lo mismo que era definitivo, excluía toda idea de riesgo. No sólo debía castigar, sino castigar con impunidad. No se repara un agravio cuando el castigo alcanza al reparador, y tampoco es reparado si el vengador no es capaz de mostrarse como tal a quien lo ha ofendido.

Téngase en cuenta que ni mediante hechos ni palabras había yo dado motivo a Fortunato para dudar de mi buena disposición. Tal como me lo había propuesto, seguí sonriente ante él, sin que se diera cuenta de que mi sonrisa procedía, ahora, de la idea de su inmolación.

Un punto débil tenía este Fortunato, aunque en otros sentidos era hombre de respetar y aun de temer. Enorgullecíase de ser un connaisseur en materia de vinos. Pocos italianos poseen la capacidad del verdadero virtuoso. En su mayor parte, el entusiasmo que fingen se adapta al momento y a la oportunidad, a fin de engañar a los millonarios ingleses y austriacos. En pintura y en alhajas Fortunato era un impostor, como todos sus compatriotas; pero en lo referente a vinos añejos procedía con sinceridad. No era yo diferente de él en este sentido; experto en vendimias italianas, compraba con largueza todos los vinos que podía.

Anochecía ya, una tarde en que la semana de carnaval llegaba a su locura más extrema, cuando encontré a mi amigo. Acercóseme con excesiva cordialidad, pues había estado bebiendo en demasía. Disfrazado de bufón, llevaba un ajustado traje a rayas y lucía en la cabeza el cónico gorro de cascabeles. Me sentí tan contento al verle, que me pareció que no terminaría nunca de estrechar su mano.

-Mi querido Fortunato -le dije-, ¡qué suerte haberte encontrado! ¡Qué buen semblante tienes! Figúrate que acabo de recibir un barril de vino que pasa por amontillado, pero tengo mis dudas.

-¿Cómo?,-exclamó Fortunato-. ¿Amontillado? ¿Un barril? ¡Imposible! ¡Y a mitad de carnaval…!

-Tengo mis dudas -insistí-, pero he sido lo bastante tonto como para pagar su precio sin consultarte antes. No pude dar contigo y tenía miedo de echar a perder un buen negocio.

-¡Amontillado!

-Tengo mis dudas.

-¡Amontillado!

-Y quiero salir de ellas.

-¡Amontillado!

-Como estás ocupado, me voy a buscar a Lucresi. Si hay alguien con sentido crítico, es él. Me dirá que…

-Lucresi es incapaz de distinguir entre amontillado y jerez.

-Y sin embargo no faltan tontos que afirman que su gusto es comparable al tuyo.

-¡Ven! ¡Vamos!

-¿Adónde?

-A tu bodega.

-No, amigo mío. No quiero aprovecharme de tu bondad. Noto que estás ocupado, y Lucresi…

-No tengo nada que hacer; vamos.

-No, amigo mío. No se trata de tus ocupaciones, pero veo que tienes un fuerte catarro. Las criptas son terriblemente húmedas y están cubiertas de salitre.

-Vamos lo mismo. Este catarro no es nada. ¡Amontillado! Te has dejado engañar. En cuanto a Lucresi, es incapaz de distinguir entre jerez y amontillado.

Mientras decía esto, Fortunato me tomó del brazo. Yo me puse un antifaz de seda negra y, ciñéndome una roquelaure, dejé que me llevara apresuradamente a mi palazzo.

No encontramos sirvientes en mi morada; habíanse escapado para festejar alegremente el carnaval. Como les había dicho que no volvería hasta la mañana siguiente, dándoles órdenes expresas de no moverse de casa, estaba bien seguro de que todos ellos se habían marchado de inmediato apenas les hube vuelto la espalda.

Saqué dos antorchas de sus anillas y, entregando una a Fortunato, le conduje a través de múltiples habitaciones hasta la arcada que daba acceso a las criptas. Descendimos una larga escalera de caracol, mientras yo recomendaba a mi amigo que bajara con precaución.

Llegamos por fin al fondo y pisamos juntos el húmedo suelo de las catacumbas de los Montresors. Mi amigo caminaba tambaleándose, y al moverse tintinearon los cascabeles de su gorro.

-El tonel -dijo,

-Está más delante -contesté-, pero observa las blancas telarañas que brillan en las paredes de estas cavernas.

Se volvió hacía mí y me miró en los ojos con veladas pupilas, que destilaban el flujo de su embriaguez.

-¿Salitre? -preguntó, después de un momento.

-Salitre -repuse-. ¿Desde cuándo tienes esa tos?

El violento acceso impidió a mi pobre amigo contestarme durante varios minutos.

-No es nada -dijo por fin.

-Vamos -declaré con decisión-. Volvámonos; tu salud es preciosa. Eres rico, respetado, admirado, querido; eres feliz como en un tiempo lo fui yo. Tu desaparición sería lamentada, cosa que no ocurriría en mi caso. Volvamos, pues, de lo contrario, te enfermarás y no quiero tener esa responsabilidad. Además está Lucresi, que…

-¡Basta! -dijo Fortunato-. Esta tos no es nada y no me matará. No voy a morir de un acceso de tos.

-Ciertamente que no -repuse-. No quería alarmarte innecesariamente. Un trago de este Medoc nos protegerá de la humedad.

Rompí el cuello de una botella que había extraído de una larga hilera de la misma clase colocada en el suelo.

-Bebe -agregué, presentándole el vino.

Mirándome de soslayo, alzó la botella hasta sus labios. Detúvose y me hizo un gesto familiar, mientras tintineaban sus cascabeles.

-Brindo -dijo- por los enterrados que reposan en torno de nosotros.

-Y yo brindo por que tengas una larga vida.

Otra vez me tomó del brazo y seguimos adelante.

-Estas criptas son enormes -observó Fortunato.

-Los Montresors -repliqué- fueron una distinguida y numerosa familia.

-He olvidado vuestras armas.

-Un gran pie humano de oro en campo de azur; el pie aplasta una serpiente rampante, cuyas garras se hunden en el talón.

-¿Y el lema?

-Nemo me impune lacessit.

-¡Muy bien! -dijo Fortunato. Chispeaba el vino en sus ojos y tintineaban los cascabeles. El Medoc había estimulado también mi fantasía.

Dejamos atrás largos muros formados por esqueletos apilados, entre los cuales aparecían también toneles y pipas, hasta llegar a la parte más recóndita de las catacumbas.

Me detuve otra vez, atreviéndome ahora a tomar del brazo a Fortunato por encima del codo.

-¡Mira cómo el salitre va en aumento! -dije-. Abunda como el moho en las criptas. Estamos debajo del lecho del río. Las gotas de humedad caen entre los huesos… Ven, volvámonos antes de que sea demasiado tarde. La tos…

-No es nada -dijo Fortunato-. Sigamos adelante, pero bebamos antes otro trago de Medoc.

Rompí el cuello de un frasco de De Grâve y se lo alcancé. Vaciólo de un trago y sus ojos se llenaron de una luz salvaje. Riéndose, lanzó la botella hacia arriba, gesticulando en una forma que no entendí. Lo miré, sorprendido. Repitió el movimiento, un movimiento grotesco.

-¿No comprendes?

-No -repuse.

-Entonces no eres de la hermandad.

-¿Cómo?

-No eres un masón.

-¡Oh, sí! -exclamé-. ¡Sí lo soy!

-¿Tú, un masón? ¡Imposible!

-Un masón -insistí.

-Haz un signo -dijo él-. Un signo.

-Mira -repuse, extrayendo de entre los pliegues de mi roquelaure una pala de albañil.

-Te estás burlando -exclamó Fortunato, retrocediendo algunos pasos-. Pero vamos a ver ese amontillado.

-Puesto que lo quieres -dije, guardando el utensilio y ofreciendo otra vez mi brazo a Fortunato, que se apoyó pesadamente.

Continuamos nuestro camino en busca del amontillado. Pasamos bajo una hilera de arcos muy bajos, descendimos, seguimos adelante y, luego de bajar otra vez, llegamos a una profunda cripta, donde el aire estaba tan viciado que nuestras antorchas dejaron de llamear y apenas alumbraban.

En el extremo más alejado de la cripta se veía otra menos espaciosa. Contra sus paredes se habían apilado restos humanos que subían hasta la bóveda, como puede verse en las grandes catacumbas de París.

Tres lados de esa cripta interior aparecían ornamentados de esta manera. En el cuarto, los huesos se habían desplomado y yacían dispersos en el suelo, formando en una parte un amontonamiento bastante grande.

Dentro del muro así expuesto por la caída de los huesos, vimos otra cripta o nicho interior, cuya profundidad sería de unos cuatro pies, mientras su ancho era de tres y su alto de seis o siete. Parecía haber sido construida sin ningún propósito especial, ya que sólo constituía el intervalo entre dos de los colosales soportes del techo de las catacumbas, y formaba su parte posterior la pared, de sólido granito, que las limitaba.

Fue inútil que Fortunato, alzando su mortecina antorcha, tratara de ver en lo hondo del nicho. La débil luz no permitía adivinar dónde terminaba.

-Continúa -dije-. Allí está el amontillado. En cuanto a Lucresi…

-Es un ignorante -interrumpió mi amigo, mientras avanzaba tambaleándose y yo le seguía pegado a sus talones.

En un instante llegó al fondo del nicho y, al ver que la roca interrumpía su marcha, se detuvo como atontado.

Un segundo más tarde quedaba encadenado al granito. Había en la roca dos argollas de hierro, separadas horizontalmente por unos dos pies. De una de ellas colgaba una cadena corta; de la otra, un candado. Pasándole la cadena alrededor de la cintura, me bastaron apenas unos segundos para aherrojarlo.

Demasiado estupefacto estaba para resistirse. Extraje la llave y salí del nicho.

-Pasa tu mano por la pared -dije- y sentirás el salitre. Te aseguro que hay mucha humedad. Una vez más, te imploro que volvamos. ¿No quieres? Pues entonces, tendré que dejarte. Pero antes he de ofrecerte todos mis servicios.

-¡El amontillado! -exclamó mi amigo, que no había vuelto aún de su estupefacción.

-Es cierto -repliqué-. El amontillado.

Mientras decía esas palabras, fui hasta el montón de huesos de que ya he hablado. Echándolos a un lado, puse en descubierto una cantidad de bloques de piedra y de mortero. Con estos materiales y con ayuda de mi pala de albañil comencé vigorosamente a cerrar la entrada del nicho.

Apenas había colocado la primera hilera de mampostería, advertí que la embriaguez de Fortunato se había disipado en buena parte. La primera indicación nació de un quejido profundo que venía de lo hondo del nicho. No era el grito de un borracho. Siguió un largo y obstinado silencio.

Puse la segunda hilera, la tercera y la cuarta; entonces oí la furiosa vibración de la cadena. El ruido duró varios minutos, durante los cuales, y para poder escucharlo con más comodidad, interrumpí mi labor y me senté sobre los huesos.

Cuando, por fin, cesó el resonar de la cadena, tomé de nuevo mi pala y terminé sin interrupción la quinta, la sexta y la séptima hilera. La pared me llegaba ahora hasta el pecho.

Detúveme nuevamente y, alzando la antorcha sobre la mampostería, proyecté sus débiles rayos sobre la figura allí encerrada.

Una sucesión de agudos y penetrantes alaridos, brotando súbitamente de la garganta de aquella forma encadenada, me hicieron retroceder con violencia. Vacilé un instante y temblé. Desenvainando mi espada, me puse a tantear con ella el interior del nicho, pero me bastó una rápida reflexión para tranquilizarme.

Apoyé la mano sobre la sólida muralla de la catacumba y me sentí satisfecho. Volví a acercarme al nicho y contesté con mis alaridos a aquel que clamaba.

Fui su eco, lo ayudé, lo sobrepujé en volumen y en fuerza. Sí, así lo hice, y sus gritos acabaron por cesar.

Ya era medianoche y mi tarea llegaba a su término. Había completado la octava, la novena y la décima hilera. Terminé una parte de la undécima y última; sólo quedaba por colocar y fijar una sola piedra.

Luché con su peso y la coloqué parcialmente en posición. Pero entonces brotó desde el nicho una risa apagada que hizo erizar mis cabellos.

La sucedió una voz lamentable, en la que me costó reconocer la del noble Fortunato.

-¡Ja, ja… ja, ja! ¡Una excelente broma, por cierto… una excelente broma…! ¡Cómo vamos a reírnos en el palazzo… ja, ja… mientras bebamos… ja, ja!

-¡El amontillado! -dije.

-¡Ja, ja…! ¡Sí… el amontillado…! Pero… ¿no se está haciendo tarde? ¿No nos estarán esperando en el palazzo… mi esposa y los demás? ¡Vámonos!

-Sí-dije-. Vámonos.

-¡Por el amor de Dios, Montresor!

-Sí -dije-. Por el amor de Dios.

Esperé en vano la respuesta a mis palabras. Me impacienté y llamé en voz alta:

-¡Fortunato! Silencio. Llamé otra vez. -¡Fortunato! No hubo respuesta.

Pasé una antorcha por la abertura y la dejé caer dentro. Sólo me fue devuelto un tintinear de cascabeles. Sentí que una náusea me envolvía; su causa era la humedad de las catacumbas. Me apresuré a terminar mi trabajo. Puse la última piedra en su sitio y la fijé con el mortero.

Contra la nueva mampostería volví a alzar la antigua pila de huesos. Durante medio siglo, ningún mortal los ha perturbado. ¡Requiescat in pace!

FIN

Traducción de Julio Cortázar

Primera Parte

Segunda Parte

EL ZAPALLO QUE SE HIZO COSMOS

Érase un zapallo creciendo solitario en ricas tierras del Chaco. Favorecido por una zona excepcional que le daba de todo, criado con libertad y sin remedios fue desarrollándose con el agua natural y la luz solar en condiciones óptimas, como una verdadera esperanza de la Vida. Su historia íntima nos cuenta que iba alimentándose a expensas de las plantas más débiles de su contorno, darwinianamente; siento tener que decirlo, haciéndolo antipático. Pero la historia externa es la que nos interesa, ésa que sólo podrían relatar los azorados habitantes del Chaco que iban a verse envueltos en la pulpa zapallar, absorbidos por sus poderosos raíces.

La primera noticia que se tuvo de su existencia fue la de los sonoros crujidos del simple natural crecimiento. Los primeros colonos que lo vieron habrían de espantarse, pues ya entonces pesaría varias toneladas y aumentaba de volumen instante a instante. Ya medía una legua de diámetro cuando llegaron los primeros hacheros mandados por las autoridades para seccionarle el tronco, ya de doscientos metros de circunferencia; los obreros desistían más que por la fatiga de la labor por los ruidos espeluznantes de ciertos movimientos de equilibración, impuestos por la inestabilidad de su volumen que crecía por saltos.

Cundía el pavor. Es imposible ahora aproximársele, porque se hace el vacío en su entorno, mientras las raíces imposibles de cortar siguen creciendo. En la desesperación de vérselo venir encima, se piensa en sujetarlo con cables. En vano. Comienza a divisarse desde Montevideo, desde donde se divisa pronto lo irregular nuestro, como nosotros desde aquí observamos lo inestable de Europa. Ya se apresta a saberse el Río de la Plata.

Como no hay tiempo de reunir una conferencia panamericana -Ginebra y las cancillerías europeas están advertidas-, cada uno discurre y propone lo eficaz. ¿Lucha, conciliación, suscitación de un sentimiento piadoso en el Zapallo, súplica, armisticio? Se piensa en hacer crecer otro zapallo en el Japón, mimándolo para apresurar al máximo su prosperación, hasta que se encuentren y se entredestryan, sin que, empero, ninguno sobrezapalle al otro. ¿Y el ejército?

Opiniones de los científicos; qué pensaron los niños, encantados seguramente; emociones de las señoras; indignación de un procurador, entusiasmo de un agrimensor y de un toma-medidas de sastrería; indumentaria para el Zapallo; una cocinera que se le planta delante y lo examina, retirándose una legua por día; un serrucho que siente su nada. ¿Y Einstein?; frente a la facultad de medicina alguien que insinúa: ¿purgarlo? Todas estas primeras chanzas habían cesado. Llegaba demasiado urgente el momento en que lo que más convenía era mudarse adentro. Bastante ridículo y humillante es el meterse en él con precipitación, aunque se olvide el reloj o el sombrero en alguna parte y apagando previamente el cigarrillo, porque ya no va quedando mundo fuera del zapallo.

A medida que crece es más rápido su ritmo de dilación; no bien es una cosa ya es otra; no ha alcanzado la figura de un buque que ya parece una isla. Sus poros ya tienen cinco metros de diámetro, ya veinte, ya cincuenta. Parece presentir que todavía el cosmos podría producir un cataclismo para perderlo, un maremoto o una hendidura de América. ¿No preferirá, por amor propio, estallar, astillarse, antes de ser metido dentro de un Zapallo? Para verlo crecer volamos en avión; es una cordillera flotando sobre el mar. Los hombres son absorbidos como moscas; los coreanos, en la antípoda, se santiguan y saben su suerte es cuestión de horas.

El Cosmos desata, en el paroxismo, el combate final. Despeña formidables tempestades, radiaciones insospechadas, temblores de tierra, quizá reservados desde su origen por si tuviera que luchar con otro mundo.

“¡Cuidaos de toda célula que ande cerca de vosotros! ¡Basta que una de ellas encuentre su todocomodidad de vivir!! ¿Por qué no se nos advirtió? El alma de cada célula dice despacito: “yo quiero apoderarme de todo el ‘stock’, de toda la ‘existencia en plaza’ de Materia, llenar el espacio, y, tal vez, los espacios siderales; yo puedo ser el Individuo-Universo, la Persona Inmortal del Mundo, el latido único”. Nosotros no la escuchamos ¡y nos hallamos en la inminencia de un Mundo de Zapallo, con los hombres, las ciudades y las almas dentro!

¿Que puede herirlo ya? Es cuestión de que el Zapallo se sirva sus últimos apetitos para su sosiego final. Apenas le faltan Australia y Polinesia.

Perros que no vivían más que quince años, zapallos que apenas resistían uno y hombres que raramente llegaban a los cien… ¡Así es la sorpresa! Decíamos: es un monstruo que no puede durar. Y aquí nos tenéis adentro. ¿Nacer y morir para nacer y morir…?, se habrá dicho el Zapallo: ¡oh, ya no! El escorpión, cuando se siente inhábil o en inferioridad se pica a sí mismo y se aniquila, parte al instante al depósito de la vida escorpiónica para su nueva esperanza de perduración; se envenena sólo para que le den vida nueva. ¿Por qué no configurar el Escorpión, el Pino, la Lombriz, el Hombre, la Cigüeña, el Ruiseñor, la Hiedra, inmortales? Y por sobre todos el Zapallo, Personación del Cosmos, con los jugadores de póker viendo tranquilamente y alternando los enamorados, todo en el espacio diáfano y unitario del Zapallo.

Practicamos sinceramente la Metafísica Cucurbitácea. Nos convencimos de que, dada la relatividad de las magnitudes todas, nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo y hasta dentro de un ataúd y si no seremos células del Plasma Inmortal. Tenía que suceder: Totalidad todo Interna, Limitada, Inmóvil (sin Traslación), sin Relación, por ello sin Muerte.

Parece que en estos últimos momentos, según coincidencia de signos, el Zapallo se alista para conquistar no ya la pobre Tierra, sino la Creación. Al parecer, prepara su desafío contra la Vía Láctea. Días más, y el Zapallo será el ser, la realidad y su Cáscara.

(El Zapallo me ha permitido que para vosotros -querdios cofrades de la Zapallería- yo escriba mal y pobre su leyenda y su historia.
Vivimos en ese mundo que todos sabíamos, pero todo en cáscara ahora, con relaciones sólo internas y, así, sin muerte.
Esto es mejor que antes.)

Macedonio Fernández

YO NO… ¿Y UD.?

gasalla y perciavalle

“El destino está escrito en el Corán, que querés, Carlitos.”

ANTONIO GASALLA.

OSCAR WILDE

No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres. A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo.

1031-oscar-wilde--200-

“LOCO AFÁN”

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Así, querida Liz, sin saber si esta carta irá a ser leída por el calipso de tus ojos.

Y más aún, conociendo tu apretada agenda, me permito sumarme a la gran cantidad de sidosos que te escriben para solicitarte algo.

Tal vez un rizo de tu pelo,

un autógrafo,

una blonda de tu enagua.

No sé, cualquier cosa que permita morir sabiendo que tú recibiste el mensaje.

El caso es que yo no quiero morir,

ni recibir un autógrafo impreso, ni siquiera una foto tuya con Montgomery Cliff en El árbol de la vida.

Nada de eso, solamente una esmeralda de tu corona de Cleopatra, que usaste en el film, que según supe eran verdaderas.

Tan auténticas, que una sola podría alargarme la vida por unos años más, a puro AZT

No quiero presionarte con Lágrimas de maricocódrilo moribundo, tampoco despojarte de algo tan querido.

Quizás, liberarte de esas gemas que cargan la maldición faraónica, y a la larga traen mala suerte, incitan a los ladrones a saquear tu casa.

Y no es broma, tú recuerdas lo de Sharon Tate, no fue nada de gracioso.

Además los pelambres del ambiente, las víboras diciendo que las joyas se te pierden en las arrugas.

Que ya no te queda cuello con tanta zarandaja.

Que una reina debe ser sobria, que a tu edad el esplendor de los rubíes compite con la celulitis.

En fin, habiendo tanto hambriento tú te paseas de alhaja en alhaja.

Que Julio Iglesias quedó turnio con tanto brillo.

Que los cheques para la causa AIDS, que tú regalas con tanta devoción, se quedan enredados en los dedos que trafican la plaga.

Y dicen que fíjate tú,

esa piedad es pura pantalla,

nada más que promoción,

fíjate, como el símbolo para la campaña.

Esa cintita roja que los maricas pobres la usan de plástico, seguro que fabricadas en Taiwan.

Y las ricas de oro con rubíes, que más parece una horca, el lacito ese.

Un detector para saber quién tiene el premio, tú sabes, la gente es tan peladora.

Hasta han dicho que tú estás contagiada, por eso la baja de peso.

Basta mirar las fotos de hace algunos años, no había modelito que te entrara.

Y ahora tanto amor con los homosexuales sidosos.

Tanto cariño por ese Jackson,

el Cristo pop que canta: “Dejad que los niños vengan a mí.”

Mira tú, de dónde tanta adhesión. Tanto amor con los maricas,

como la Liza Minelli, la Barbara Streisand y la María Félix.

Todas esas estrellas que amamantan a las locas como perritos regalones.

Como sí los maricas fueran adornos de uso coqueto.

Como si fueran la joya del Nilo o el último fulgor de una Atlántida sumergida.

Mira tú, y sin embargo, con las lesbianas ni pío.

Cuando debiera ser al revés, dicen ellas.

Primero la solidaridad por casa, y luego las locas.

Hasta les tienen un apodo en New York a las ricas y famosas que andan para arriba y para abajo con sus modistos y peluqueros.

Yo creo Liz que es pura pica,

nada más que envidia.

Además, los colas tenemos corazón de estrella y alma de platino, por eso la cercanía.

Por eso la confianza que tengo contigo para pedirte este favor.

Si es que tú quieres, sí no te importa mucho.

Te estaré eternamente agrade-sida.

Acuérdate, una esmeralda chiquitita, de pocos kilates,

que no se note mucho cuando la saquen de la corona.

Total, tú tienes esas turquesas para mirar que opacan cualquier resplandor.

Yo soy de Chile,

mándamela a la dirección del remitente.

Tú no conoces este país, dicen que, hay mucha plata,

pero no se ve por ningún lado.

Tu admirador, for ever

“LA CASA DESOLADA”

Texto Oportuno sobre la Combustión Humana Espontánea.

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Charles Dickens

CharlesDickens

“I CHING”

I-CHING-120

El porvenir es tan irrevocable

como el rígido ayer. No hay cosa

que no sea una letra silenciosa

de la eterna escritura indescifrable

cuyo libro es el tiempo. Quien se aleja

de su casa ya ha vuelto. Nuestra vida

es la senda futura y recorrida.

El rigor ha tejido la madeja.

No te arredres. La ergástula es oscura,

La firme trama es de incesante hierro,

pero en algún recodo de tu encierro

puede haber una luz, una hendidura.

El camino es fatal como la flecha.

Pero en las grietas está Dios, que acecha.

Poema para una versión del I King.

Jorge Luis Borges

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