Textos Oportunos

La mujer con ochenta maridos

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En 1923 un psiquiatra francés, Joseph Capgras publicaba en el Bulletin de la Société Clinique de Médicine Mentale un articulo realizado junto a su ayudante, Jean Reboul-Lachaux sobre una paciente, madame M., que decía que su esposo y otros familiares habían sido sustituidos por dobles, por sosias, por personas de un parecido físico increíble pero que “no eran ellas”.

Con el tiempo, su delirio se fue ampliando a vecinos, amigos y conocidos: ellos también habían sido sustituidos.

Madame M. nunca se preocupó demasiado sobre estos impostores porque, según ella, cada uno desaparecía al cabo de un tiempo para dejar su hueco al siguiente.

De hecho, afirmaba haber tenido más de ochenta maridos distintos, eso sí enormemente parecidos entre sí.

En la actualidad se conoce como síndrome de Capgras o delirio de Capgras.

El delirio de Capgras o síndrome de Capgras se define como un trastorno mental en el cual una persona piensa que un amigo, la pareja u otro familiar han sido reemplazados por otra persona de un aspecto prácticamente idéntico.

Hay informes de casos donde el delirio se produce con animales, un hombre pensaba que su caniche había sido sustituido por otro, e incluso con objetos: otro paciente pensaba que durante la noche alguien le cambiaba sus zapatillas de deporte y otros objetos personales.

También se han visto casos en los que la persona afectada cree que el tiempo ha sido manipulado o directamente cambiado por otro.

El síndrome de Capgras se incluye dentro de los trastornos de identificación, pudiendo afectar al reconocimiento de personas, lugares u objetos y puede tratarse de un episodio momentáneo (agudo) o extendido en el tiempo (crónico).

Es algo más frecuente en mujeres que en hombres.

No todos los sentidos están igualmente afectados en este trastorno: un hombre con síndrome de Capgras tenía la certeza de que su esposa era su esposa cuando hablaba con ella por teléfono, pero cuando la veía tenía el mismo firme convencimiento de que había sido sustituida por un sosias.

Las personas afectadas por el síndrome de Capgras pueden incluso dudar sobre su propia identidad tras ver su reflejo en un espejo. Un hombre se pellizcó en el brazo tras ver su imagen en la consulta del médico, y mostraba en voz alta sus dudas sobre si el hombre en el espejo y él eran la misma persona.

Junto a estas personas, existen los impostores que intentan hacerse pasar por otra persona distinta.

Entre los más famosos está Anna Anderson, que realmente creía ser la Gran Duquesa Anastasia, hija del zar Nicolás II, Victor Lustig que vendió dos veces la Torre Eiffel o Michael Sabo, llamado el Gran Impostor, que tenía más de cien identidades distintas y fraudulentas en los archivos del FBI.

Hay algunos tan llamativos como Terry Alan Whittredge, que se hizo pasar por un astronauta, un alto miembro de la CIA, condecorado con la Medalla del Honor y ganador del Top Gun.

Fue arrestado después de colarse en un Centro de control de misiones de la Nasa, de haber tenido dos visitas VIP en bases navales y de recibir información específica sobre las lanzaderas espaciales.

Cuando fue detenido indicó que su abogado era el presidente Bill Clinton.

Barbie debe morir

La vida es absolutamente irreal

 

Los campos, las ciudades, las ideas, son cosas absolutamente ficticias, hijas de nuestra compleja sensación de nosotros mismos. Son intransmisibles todas las impresiones salvo si las convertimos en literarias.

FERNANDO PESSOA

She’s where we have been, the way we are, the way I was

Brenda Maddox, 1977

Regalo de Bruno Goldstone, 2012

Cultura basura

Descenso a las cavernas

Y si es basura, ¿por qué la muestran? Seguro que muchas personas se harán esta pregunta ante el anuncio de una exposición con el título de «Cultura basura». las definiciones de cultura son infinitas, y quienes utilicen una acepción muy restrictiva, que la reduzca a la excelencia y la virtud creativa, probablemente no hallarán una respuesta satisfactoria. Pero, independientemente de su calidad, la cultura también brota de los hitos y motivos que marcan el paisaje familiar común. Y en este paisaje aparecen a menudo signos y manifestaciones –pintura, espectáculos, música, imagen– que, a partir del error, de la dejadez –es decir, de la antiexcelencia voluntaria–, se acaban convirtiendo, mediante unos mecanismos sociales que la exposición intenta explicitar o poner de manifiesto, en elementos de
significación cultural. La cultura basura seria, en buena parte, una cultura a la fuerza, una vanguardia que nunca quiso serio. Pero que sin embargo puebla muchos espacios de nuestra vida cotidiana, sin que forzosamente reparemos en su presencia.
Desde una perspectiva actual, se podría pensar que la cultura basura es una forma que toma la cultura popular cuando se aleja de la modernidad y entra en una fase postheroica y postidentitaria de la aventura humana. Aunque en realidad, el juego característico de la cultura basura –la fascinación por el error, por la monstruosidad, por la fealdad, por el descuido, por una incompetencia que parece muy elaborada– es fruto de un mecanismo, ya clásico, de exaltación del espectador, que así recibe la recompensa de sentirse más dotado, más normal, más guapo, más aseado, más eficiente que el propio artista. La novedad es que, en estos tiempos de acabamiento de la modernidad, lo que había transitado
siempre en sus márgenes gana centralidad, tras mutar en formas nuevas adecuadas a una cultura mucho más audiovisual. Y añade confusión acerca de la dirección de la ruta que hemos emprendido, si es que la hay.
El error como estrategia cultural sería el argumento. Una forma lograda de crear productos culturales de incidencia imprevisible. Cuando se habla de cultura basura, todo el mundo piensa en la «tele». Es cierto que ésta ha sido una vía eficaz para vehicular productos basados en la normalización de lo abyecto, en la humillación de los personajes y en la exhibición de monstruosidades. Crónicas marcianas es un ejemplo de cultura basura tan perfecto que está al límite, a punto de dejar de ser considerado como tal. Pero hay otros muchos campos en que la monstruosidad –las atracciones de feria, por ejemplo–, la abyección –los dibujos y pinturas de los serial killers– o la humillación –el ridículo–adquieren carta de naturaleza cultural. Y cumplen, a su manera, una función subversiva, como si, por un procedimiento de sedimentación del error y de lo siniestro, pusieran en evidencia al propio sistema. En dicho sentido, justamente, la cultura basura puede convertirse en vanguardia ocasional.

Ese doble juego de alienación del espectador en la basura y de ventana a las miserias de lo social es lo que intenta explorar esta exposición. Una cierta espeleología del gusto: es decir, un descenso a las cavernas de la cultura poscontemporánea.

Josep Ramoneda

Exposición «Cultura basura. Una espeleología del gusto»
20/05/2003 – 31/08/2003

CCCCB, Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona.

Gaviota

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Página cero

“Me pide usted algo que no tengo: una historia compacta y precipitada, la que no soy capaz de escribir: sería demasiado deshilvanada y lenta. Atribúyame usted la de mi bisabuelo Arenales o la del cotudo que lo asistía; invente la vida más chata y más inútil y adjudíquemela sin remordimientos… cualquier cosa… menos forzarme a reconocer que soy un hombre sin historia…”

OLIVERIO GIRONDO